POBREZA Y MEDIO AMBIENTE

El Banco Mundial menciona que son cerca de 1.300 millones de personas que viven en zonas de marginalización, es decir, ecológicamente vulnerables, generándose así una condición de alta dependencia a los recursos naturales.

   


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Verónica Cordero Arroyo

Verónica es economista por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, tiene una maestría en cambio climático y negociación ambiental por la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha liderado proyectos de investigación y consultoría relacionados con la   evaluación ambiental de proyectos. Entre sus líneas de investigación sobresale la relación entre pobreza y cambio climático. Actualmente es docente de teoría económica y economía ambiental en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

 

 

La definición de pobreza es en algunos casos ambigua, ya que dependerá de lo que se entienda por la misma y como se la mida. En términos generales se podría decir que se refiere a aquellas personas o familias que carecen de los atributos necesarios para dejar de ser pobres (Alcock 1997). Es importante entonces resaltar la relación que tienen los pobres con el medio ambiente, para lo cual es necesario redefinir la pobreza como un aspecto multidimensional que incluye conceptos como: bienestar, capacidades, derechos entre otros. Por otro lado, también se requiere repensar lo que se entiende por medio ambiente, ya que no puede ser concebido solo como el espacio físico que nos rodea, sino que las interacciones humanas son parte del mismo, es decir, es un entorno complejo cuyas interacciones son valiosas para el ser humano y el planeta (Buckall et al, 2000).

El Banco Mundial menciona que son cerca de 1.300 millones de personas que viven en zonas de marginalización, es decir, ecológicamente vulnerables, generándose así una condición de alta dependencia a los recursos naturales. En estos casos existe una relación más estrecha con la naturaleza la cual es importante por varios motivos, (sociales, culturales económicos) y por tanto necesaria su conservación. Es así que, ante un cambio ambiental los pobres están más expuestos a sufrir pérdidas. Los mercados y el crecimiento de las ciudades han presionado para que quienes tienen menos recursos se establezcan en zonas de alto riesgo alrededor de las ciudades. Esta situación provoca una mayor marginalización de la población pobre, lo que ha motivado incluso debates sobre justicia ambiental y resistencia ante ciertos procesos políticos de planificación urbana (Pellow 2003).

En zonas rurales la relación con el medioambiente es mucho más evidente ya que los pobres dependen en gran medida de la agricultura, el capital físico y ambiental con el que cuentan. En aquellos países donde los pobres rurales tienen poco acceso a la tierra o sus terrenos son pequeños, no pueden generar producción suficiente ni para el auto consumo, sus ingresos dependerán de la explotación de recursos naturales ya que no cuentan con oportunidades adicionales de generarlos (Buckall et al, 2000).

El uso de suelo, la densidad poblacional, y el nivel de ingresos crean una relación importante entre vulnerabilidad y pobreza que explica porque los impactos en estos grupos humanos son más fuertes. (Wisner et al, 2003). Es importante comprender que a la vulnerabilidad no solo debe entenderse como una exposición a un riesgo natural, sino que también entran en juego factores sociales y económicos. Los cuales son analizados dentro de un contexto global que determinan las condiciones de una población ante un evento natural o amenaza. Al momento de un desastre, el impacto se da a todas las personas que están en zonas expuestas, pero la vulnerabilidad evidenciará diferencias sociales (Blaikie et al, 1996).

Hay varios autores que consideran a la vulnerabilidad como un sinónimo de pobreza (Chambers 2006 ), sin embargo, es necesario comprender que vulnerabilidad no es lo mismo que pobreza. Hay que resaltar que la vulnerabilidad no constituye una falta de algo sino una situación de estar indefenso o expuesto a una amenaza. La relación principal con la pobreza es que está asociada a diferentes dimensiones de privación como debilidad física, aislamiento, falta de poder, bajos ingresos que aumentan la vulnerabilidad ya existente.

Wisner et al (2003) mencionan tres razones por la que existen distintos niveles de vulnerabilidad. La densidad poblacional, ya que la población que cuenta con mejores ingresos es más pequeña que aquella pobre. Por tanto, una inundación en un barrio de ingresos altos tendrá menor cantidad de personas afectadas que uno de ingresos bajos, un ejemplo puede ser Oakland, Berkeley (San Francisco) y las favelas en Río de Janeiro. Este primer criterio explica la gran cantidad de víctimas ante un desastre en países en vías de desarrollo. La densidad poblacional es un factor decisivo para la toma de acciones y la respuesta ante una emergencia. El segundo punto es el uso de suelo. Para los ricos es voluntario, y suelen conocer los riesgos que enfrentan teniendo la posibilidad de prepararse ante los mismos, ya que cuentan con los recursos suficientes para la construcción de infraestructura de protección. Un ejemplo de esto es lo que sucedió en la cuenca del Delta del Paraná, donde se dio una alta urbanización en los últimos años construyéndose grandes complejos habitacionales de lujo y exclusivos sobre los humedales. Si bien están expuestos a inundaciones y riesgos naturales, sus propietarios cuentan con recursos para hacer frente a los impactos de la naturaleza. Sin embargo, esto ha provocado presión sobre los recursos naturales, destrucción de los humedales y otros impactos sociales desplazando a la población que vivía de los recursos ambientales en esa zona. (Wetlands International 2014). Por último, los seguros permiten a los “ricos” exponerse a ciertos riesgos que a los hogares pobres no les es posible. El impacto económico de una inundación o deslizamiento de tierras no será el mismo para estos dos hogares ya que al estar asegurados las pérdidas son asumidas por las aseguradoras y se puede recuperar el capital invertido. Para los hogares pobres las pérdidas no son recuperables lo que ocasiona que se ahonde su situación de pobreza lo que genera una trampa de pobreza. Es decir, los hogares pobres son menos resilientes ya que no cuentan con acciones contingentes que les permita afrontar los riesgos a los que están expuestos.

Las políticas económicas de cualquier país apuntan a generar crecimiento económico y desarrollo para su población, considerando que estos aspectos brindarán bienestar a la población. Sin embargo, la calidad de ese crecimiento resulta clave al momento de analizar la relación entre medio ambiente y pobreza ya que muchos países han logrado mejorar las condiciones de vida a costa de la degradación ambiental, condenando a ciertos grupos sociales a la pobreza. La construcción de indicadores que consideren la variable ambiental como un eje de análisis es primordial para la toma de decisiones. Los índices de pobreza netamente económicos (como el PIB) no reflejan la calidad de vida de la población ya que considerar una sola variable: el ingreso. Cuantifican la cantidad de bienes y productos producidos en un país, sin considerar la distribución, calidad, acceso y demás aspectos cualitativos (Mankiw 2012). Mayor ingreso no quiere decir mejor calidad ambiental o menor contaminación, tal como algunos modelos, como la curva de Kuznets, lo han establecido (Antonia s.f.). Las sociedades ricas también son contaminantes ya que requieren de mayor cantidad de energía y recursos, su nivel de consumo será mucho más elevado dados los mayores ingresos (Martinez, 2009).

Si la economía actual sigue dejando de lado el análisis del medio ambiente y pasa por alto los procesos de degradación ambiental nunca se logrará erradicar la pobreza. Los daños van a ser relegados a aquellos sectores con menor capacidad de respuesta ahondando su situación. Si el modelo económico actual se mantiene sin considerar al medio ambiente, poco a poco va a convertir a un medio ambiente sano en un bien posicional, cuyo acceso va a estar restringido a aquellos que puedan pagarlo o tengan los derechos sobre el mismo. La única alternativa es contar con un desarrollo sustentable, que realmente vaya más allá del crecimiento económico e incorpore criterios como la capacidad de carga o de sustentación y se generen políticas adecuadas donde se reduzca la desigualdad de la riqueza y de los ingresos.

No se pretende establecer que los pobres no contaminan, está claro que lo hacen, pero a diferencia de lo que plantea la economía tradicional, lograr un crecimiento económico general no reducirá el daño ambiental, ni la pobreza. El crecimiento de por sí solo no garantiza que las brechas e inequidades sociales sean eliminadas y mientras estas existan no se habrá solucionado ni la pobreza ni el uso inadecuado de los recursos naturales. Hay pueblos enteros que han sido desplazados por la destrucción de las selvas tropicales, conflictos sociales acrecentados por inadecuada distribución de las tierras y el mal manejo de las mismas (Jacobs 1995). Los pobres son capaces de generar propuestas y mecanismos de protección al medio ambiente como una acción colectiva donde se reducen los impactos demográficos, económicos y ambientales. La relación entre las actividades humanas y la degradación ambiental en zonas de pobreza muchas veces es mal interpretada o mal entendida, ya que se considera que la presión y el daño ambiental se da por la pobreza, situación que no es del todo cierto ya que hay presiones externas y de mercado que generan degradación de los recursos (Forsyth y Leach 1998).

Considerando todo lo expuesto, si se implementan estrategias de mejoramiento de la calidad ambiental se estará aportando a la reducción de la pobreza y mejorando las condiciones de vida. Buckall et al (2000) mencionan que las acciones de protección del medio ambiente pueden contribuir a la reducción de la pobreza, lo que se requiere es incorporar los medios de vida y las estrategias de subsistencia que los pobres han desarrollado dentro del análisis. El Banco Mundial (2002) evidencia que al implementar estrategias que consideren la relación pobreza-medio ambiente se aporta a la consecución de los objetivos de desarrollo del milenio (ODM).

En conclusión, se puede decir que las estrategias de reducción de la pobreza que los países implementen deben comprender las condiciones en las que los pobres viven, sus medios de vida y cómo ellos se pueden adaptar a los impactos y cambios naturales de tal manera que les permita construir una mejor condición de vida sin comprometer los recursos naturales.

Bibliografía

Alcock, P. «Understanding Poverty.» Macmillan Press, 1997: London.

Antonia, Angulo Guerrero. «Relación entre crecimiento económico y medio ambiente: la U ambiental de kuznets.» Desarrollo Local Sostenible Vol. 3 No. 8, sf.: 1-10.

Banco Mundial. Linking Poverty Reduction and Environmental Management, Policy Changes and Opportunities. Washington, 2002.

Blaikie et al. Vulnerabilidad: Entorno Social, Político y Económico de los Desastres. Perú: La Red, 1996.

Buckall et al. Poverty and the Environment. Washington: World Bank, 2000.

Cardona, Omar, A. «La necesidad de repensar de manera holística los conceptos de Vulnerabilidad y Riesgo "Una crítica y una revisón necearia para la gestión".» International Work Conference on Vulnerability and Disaster Theory and Practice. Holanda, 2001.

Chambers, Robert. «Vulnerability, Coping and Policy.» IDS Institute of Development Studies, 2006: September, Volume 37 Number 4, Pag. 33-40.

Forsyth et al. Scoones, Ian Leach. Poverty and Environment: Priorities for research and Policy, An Overview Study. UK: UNDP, 1998.

Jacobs, Michael. Economía Verde: Medio ambiente y Desarrollo sustentable. Bogotá: Ediciones Uniandes, 1995.

Mankiw, Gregory. Principios de Economía. Madrid: McGraw-Hill, sexta edición, 2012.

Martinez et al. «Conflictos ecológicos y el ecologismo popular.» En Deuda externa y economía ecológica: dos visiones críticas, de Fernando Martín Mayoral, 97-113. Quito: Flacso, 2009.

Pellow, N. David. «Waste, Politics and Environmental Justice.» En Garbage Wars, Struggle for environmental justice in Chicago, Chapter 1, 1-20. Chicago: MIT Press, 2003.

Wetlands International. «Los impactos de la urbanización sobre los humedales del Delta Paraná.» Argentina, 2014.

Wisner et al. At Risk: natural hazards, people’s vulnerability and disasters. PNUD, 2003.

 

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Etiquetas: Análisis

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